Eten y Zaña: un abrazo de fe que trasciende los siglos

En un histórico encuentro marcado por la memoria del Milagro Eucarístico de 1649 y el legado de Santo Toribio de Mogrovejo, los pueblos de Lambayeque renuevan su unidad espiritual. El Cardenal Carlos Castillo, Arzobispo de Lima, presidió los actos que hermanan la sencillez etenana con la historia de la «Señora de los Valles».

La geografía del norte peruano no solo está trazada por desiertos y valles, sino por una cartografía espiritual que, desde el siglo XVII, ha unido a dos pueblos en un mismo latido eucarístico: Ciudad Eten y Zaña. Recientemente, esta unión centenaria ha vivido un nuevo capítulo de profunda carga simbólica, reafirmando que ante lo sagrado, toda jerarquía humana se desvanece para dar paso a la fraternidad.

En aquel entonces, la jerarquía social de la época quedó suspendida: el poder económico y político de la «Señora de los Valles» se postró ante la sencillez de los pescadores y agricultores etenanos. Fue un acto de pura penitencia y gratitud donde las castas se borraron ante la presencia real de Cristo en la Eucaristía, dejando un legado de unidad que ha resistido el paso de los siglos.

Una historia de humildad: de Zaña a Eten
Para comprender este «abrazo de fe», es necesario volver la mirada a las crónicas coloniales. Es conmovedor imaginar a los nobles y vecinos de la entonces opulenta y poderosa Zaña recorriendo de rodillas los caminos de arena hacia la humilde Villa de Eten. Corría el año 1650, apenas un año después de la Prodigiosa Aparición del Divino Niño Jesús en la Hostia Consagrada.

El reencuentro en el altar de Santo Toribio
Siglos después, el lazo se mantiene vibrante. En esta ocasión, fue el pueblo de Eten quien devolvió la visita, haciéndose presente en Zaña para la solemne celebración por los 420 años del tránsito al Cielo de Santo Toribio de Mogrovejo, el gran organizador de la Iglesia en América.

La Santa Misa fue presidida por el Cardenal Carlos Castillo Mattasoglio, Arzobispo de Lima y Primado del Perú, quien recibió de manos de los representantes del grupo «Milagro Eucarístico Perú 1649», Franklin Millones y Soledad Puican, un presente cargado de identidad: un paño finamente bordado. En la pieza, junto al nombre del Purpurado, brilla la Custodia que custodia el corazón de todos los etenanos.

Un gesto de sencillez cardenalicia
En un momento de especial emoción, el Cardenal Castillo, haciendo eco de la humildad que caracterizó aquel encuentro de 1650, colocó personalmente el paño en el altar. Este gesto no solo honró el legado del Niño del Milagro, sino que simbolizó la comunión de la Iglesia peruana con sus raíces más profundas.

Este encuentro, bajo la mirada de Santo Toribio de Mogrovejo, no es solo un evento protocolar, sino la reafirmación de un compromiso: seguir fortaleciendo la devoción al Santísimo Sacramento y la hermandad entre los pueblos. Como hace casi cuatro siglos, Eten y Zaña demuestran que la fe es el único lenguaje capaz de derribar distancias y construir puentes eternos de amor y adoración.

 

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